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Planes sociales: cómo salir del laberinto en la Argentina sin trabajo

El sacerdote Mariano Oberlin predica desde hace años la palabra en el barrio Müller, uno de los más pobres de la ciudad de Córdoba. La mayoría de los fieles recibe planes sociales y el cura lo justifica: “Hay situaciones de emergencia que hay que resolver en el momento porque la diferencia entre hacerlo y no hacerlo puede ser la vida o la muerte. Una persona que no come, se muere o queda desnutrida”.

En la Argentina de la emergencia y durante la pandemia, el Gobierno aumentó cinco veces los fondos destinados a la ayuda social, pero el índice de pobreza sigue en aumento. Desde los movimientos sociales reclaman la generación de trabajo genuino. En el gobierno dicen evaluar la reconversión de planes en empleo: una aspiración que nunca se concreta.

Durante la pandemia, el Gobierno debió aumentar cinco veces los fondos destinados a la ayuda social. Foto Germán García Adrasti

La asistencia es objeto de innumerables polémicas pero, hasta ahora, ningún gobierno se animó a un rediseño profundo. En total, existen 141 programas distribuidos principalmente por el Ministerio de Desarrollo Social, el de Trabajo y la ANSES. Según un estudio del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (IDESA), el Estado distribuye 22 millones de cheques en subsidios mensuales.

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¿Cómo aumentaría las pobreza sin los planes?

Impacto de la ayuda social en la cantidad de personas que están debajo de la línea de pobreza.

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En porcentaje de la población

Fuente Observatorio de la Deuda Social de la UCA Infografía: Clarín

​Esa prestación estatal exige que por día se destinen más de 800 millones de pesos en planes sociales, unos 288 mil millones anuales. Por eso, cada vez son más las voces que señalan que esta “ayuda” a los sectores carenciados debe transformarse en otra cosa. El debate sobrevuela en el oficialismo y en la oposición: ¿qué hacer con los planes sociales?

Hubo una época en que no existían. El primer antecedente fue la caja PAN en 1984, durante el mandato de Raúl Alfonsín. Se entregaban 1.500.000 cajas alimentarias por mes, que cubrían a cinco millones de personas. Pero los planes pasaron a formar parte de la vida de miles de argentinos después de la crisis del 2001, con el plan Jefes y Jefas de Hogar, que recibieron 2.200.000 personas durante el gobierno de Eduardo Duhalde. En aquel momento, cada uno de los beneficiarios cobraba $150 por mes. Desde entonces, estos programas de ayuda social se diversificaron, empujados por las sucesivas crisis económicas, y hoy alcanzan a más de 21 millones de adultos.

Antecedente: el Plan Alimentario Nacional y las cajas PAN entre 1984 y 1989.

Leonela (27) nació y se crió en el barrio Padre Carlos Mugica (ex Villa 31), donde vive con sus dos hijos y su pareja. Está terminando sus estudios secundarios y sueña con poder cursar la carrera de Cosmetología en la Universidad de Buenos Aires.

Al igual que otras miles de personas, Leonela es una de las beneficiarias del programa Potenciar Trabajo: en su caso, recibe $ 12 mil a cambio de ir a colaborar a un comedor comunitario algunas veces por semana. Observa críticamente que en muchos casos la ayuda no se utiliza de buena manera: “Me gustaría que la sigan ofreciendo, obviamente, pero que no dejen su control en manos de los punteros políticos”.

Barracas. Entre 250 y 300 personas se acercan cada día al comedor Los Niños Primero en busca de un plato de comida.

Luis Guisbert (29) también es vecino del barrio Padre Mugica. A través de su ONG “Social BA”, se ha convertido en uno de los referentes sociales del barrio. Si bien su familia no necesita ayuda en este momento, cuando era chico su mamá recibía una tarjeta que utilizaba para comprar alimentos. Hoy está finalizando sus estudios de Ciencias Políticas en la Universidad de San Andrés, donde obtuvo una beca completa.

Luis coincide con Leonela: “Una mayor regulación haría que la asistencia social sea mejor empleada. Un mayor control haría que esos planes tuviesen un mejor efecto, que es ayudar a quienes más lo necesitan a llevar el alimento a la mesa”.

Luis Guisbert, referente del barrio Padre Mugica y estudiante de Ciencias Políticas en San Andrés. Foto: Instagram

Viviana Gómez (64) preside el comedor comunitario “Los Niños Primero”, ubicado en el barrio de Barracas. Allí trabajan 20 personas, incluyendo cocineras, personal de limpieza y otros colaboradores. Todas las mujeres que trabajan en el comedor cobran un salario social complementario (a través del Programa Potenciar Trabajo), cuentan con la Tarjeta Alimentar y, quienes tienen hijos, también reciben la AUH (Asignación Universal por hijo).

El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (GCBA) aporta al comedor parte de los insumos para preparar los alimentos. Además, cada seis meses les otorga un subsidio de $ 80 mil. “Ese monto solo nos alcanza para pagar un mes de alquiler, impuestos y servicios”, afirma Viviana.

Viviana Gómez fundó en Barracas el comedor comunitario Los Niños Primero en 1989.

Pilar Arcidiácono, investigadora del CONICET, diferencia dos tipos de transferencias: las condicionadas, por las cuales se le exige al beneficiario devolver algo a cambio, y las no condicionadas, que no implican ninguna contraprestación o requisito obligatorio: “En el mundo de los planes entra todo y es como que abrimos la caja de pandora”

El economista jefe de FIEL (Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas), Daniel Artana, sostiene que una política pública debe estar bien diseñada, implementada y ser efectiva para resolver un problema puntual. Remarca que los planes nacieron para dar un paliativo en medio de una crisis de múltiples dimensiones que había generado una caída de la actividad económica y del empleo muy grandes: “Esto que debía ser una cuestión transitoria hasta que la gente recuperara el trabajo, se convirtió en algo permanente”. Coincide el consultor Roberto Cachanosky: “Perdió el sentido de lo que era realmente y se constituyó en una forma de vida. Estamos en la cultura de la dádiva”.

Ambos señalan que en la actualidad hay muchísimos planes, por eso es necesario volver a la cultura del trabajo. “Hay 25 millones de personas que pasan por la ventanilla del Estado a buscar un cheque y no más de 6 o 7 millones que trabajan en blanco en el sector privado pagando impuestos para mantenerlo. Eso es inviable”, aseguró Cachanosky.

“Hay 25 millones de personas que pasan por la ventanilla del Estado a buscar un cheque y no más de 6 o 7 millones que trabajan en blanco en el sector privado pagando impuestos para mantenerlo. Eso es inviable

Roberto Cachanosky Economista

Pero las organizaciones sociales van por más. Durante una  marcha, Marisa (50) contó que comenzó a cobrar un plan hace 3 meses. Ella y su esposo pertenecen a la OCR (Organización Clasista Revolucionaria) y se quedaron sin trabajo a raíz de la pandemia. Él es techista y trabajaba en countries, mientras que ella cuida personas de la tercera edad, durante los fines de semana. Los hijos del matrimonio (27 y 30 años) están sin trabajo actualmente, a pesar de que el más grande tiene título de Ingeniero Industrial.

La mujer, quien vive en el partido de Pilar, manifestó que con lo que cobra del plan social le alcanza para pagar la luz y comprar algunas pocas cosas. Entre lágrimas, expresó que lunes, miércoles y viernes va a buscar comida a un comedor y los demás días, al edificio de la Municipalidad. Agregó que le gustaría que el Gobierno abra las fábricas “para los chicos, para nosotros. Eso me gustaría, que se activen.”

Organizaciones sociales protestan frente al Obelisco. Foto: Rafael Mario Quinteros – CLARIN

Altagracia (56)  -otra beneficiaria de planes sociales – hizo referencia a aquellos comentarios respecto de que “solo los vagos cortan las calles. Trabajé en una fábrica durante 16 años, quebró y jamás me pagaron lo que me debían”.

La mujer expresó que el IFE (Ingreso Familiar de Emergencia), que se pagó durante el primer año de la pandemia, no le sirvió para nada, porque solo le alcanzó para pagar los impuestos y servicios.

A su lado, Magdalena (49) soltó: “Estamos pidiendo también que no se olviden de nosotros y que no nos busquen únicamente para las campañas electorales”.

De acuerdo con el ex ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, “es importante que los dirigentes sociales sean parte de la gestión pública”. Arroyo defiende la idea de universalizar la ayuda a través de una renta básica: “Está claro que no hay condiciones fiscales ahora, pero Argentina tiene una parte importante de su población con muchas dificultades para entrar al mundo del trabajo”.

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Hogares con programas Sociales

En porcentaje de hogares y hogares pobres

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Fuente Observatorio de la Deuda Social de la UCA Infografía: Clarín

En las antípodas, el auditor general de la Nación, Miguel Ángel Pichetto, sostiene que el modelo de asistencia es “inviable” y hasta admitió que Mauricio Macri “lo sostuvo porque tenía que ver también con la paz social”. Eso sí, no elude la autocrítica: “Habría que haber generado hechos más disruptivos”. Pichetto recuerda que durante la campaña habló de este tema con el expresidente. “Propuse una publicidad de que los planes sociales debían ser por un tiempo y no indefinidamente. Pero eso no se concretó porque quienes llevaban adelante la campaña la consideraron políticamente incorrecto”.

“El modelo de asistencia es inviable, Mauricio Macri lo sostuvo porque tenía que ver también con la paz social. Habría que haber generado hechos más disruptivos

Miguel Ángel Pichetto Auditor general de la Nación. Ex Senador de la Nación de Argentina

La estigmatización de los planes“Hay una demonización de los sectores que cobran un subsidio. Se ha instalado la idea de que tenemos vagos mantenidos por planes, pero esta idea carece de análisis”,  aclaró la socióloga Lucía Sampayo, directora de planificación y gestión de Jefatura de gabinete de ministros de la Nación.

El sacerdote Oberlin fue contundente: “Somos bastante injustos, tenemos una doble vara para juzgar. El Estado subsidia la educación superior, cosa que me parece fantástica, pero a veces esa misma persona que se queja de los planes es la que va a la facultad subsidiada por el impuesto que paga hasta incluso la persona pobre cuando compra un kilo de azúcar en el almacén del barrio”.

Mariano Oberlin es sacerdote en el barrio Müller, una de las zonas más pobres de la ciudad de Córdoba. Foto: Magalí Gaido

El plan versus el trabajo en blancoCristian Olivos, de Mendoza, se dedica a la albañilería y hace algunas “changas”. Es padre de tres niños, vive con su esposa y también tiene a su suegro a cargo. “Cobramos la asignación por hijo, la tarjeta alimentar, un seguro de desempleo de mi señora y la pensión de mi suegro. Con todo eso juntamos unos $30 mil, más los trabajos que realizo todos los meses, nunca nos alcanza. Realmente nos cuesta mucho llegar a fin de mes”.

-¿Preferiría un trabajo en blanco en lugar de recibir la asistencia de algún programa social?

-En verdad no. Una vez entré a trabajar a un corralón, me pagaban bien y me tenían en blanco. Estaba ilusionado con empezar a crecer en la empresa, pero de la nada me echaron y nunca me pagaron indemnización. Perdí los planes y no llegué a cobrar seguro de desempleo, porque estuve menos de seis meses. Prefiero estar en negro y trabajar con gente en la que puedo confiar, mucho más hoy que ya tengo tres chicos.

Comedor popular Dario Santillán, en La Boca: reparten 700 viandas por día. Foto Lucía Merle

El sacerdote Oberlin lo explica de este modo: “En muchos casos, la gente pobre prefiere seguir recibiendo el subsidio porque es algo seguro, en vez de ir a trabajar en blanco. Es que lo que les ofrecen de pago trabajando 8 horas diarias no les alcanza ni para comer; en cambio, con el plan (aunque sea poquito) podrían hacer una changa y completar”.

De acuerdo con el sacerdote, “tenemos la imagen de que toda oferta laboral es buena, pero no. Si te van a pagar $20 mil por mes, trabajando 8 horas por día, no queda tiempo para hacer una changa. Si la oferta laboral fuera sensata, habría mucha más gente laburando”.

Los mitos acerca de los planes sociales​

La doctora en sociología Pilar Arcidiácono hizo énfasis en los mitos sobre los planes. “Hay una mirada de sospecha sobre la pobreza que es central para poder comprender este fenómeno producto de la falta de información”.

Número de Hijos. Arcidiácono dice que en el caso de la Asignación Universal por Hijo (AUH) el promedio de hijos que reciben la misma es de 2, 8. “Así que esto que se embarazan por la AUH es un mito”, concluyó. El 80% de las madres o padres que cobran la AUH tiene uno o 2 hijos. El 93,3% tiene menos de 3 hijos. Con 4 hijos solo el 4,6% de los padres.

Extranjeros. Otro mito se refiere a que la mayoría de los que cobran planes sociales son extranjeros. “El 95,7% de los inscriptos son argentinas/os. Esta proporcionalidad se condice con la composición de la población en general del Censo del año 2010, donde el 5% de la misma nació en otro país”. Y el 22,4% de inscriptos/as percibe la Asignación Universal por Hijo (AUH) y el 22,1% perciben el programa Potenciar Trabajo, según los registros oficiales. “Hay una mirada de sospecha sobre la pobreza que es central para poder comprender este fenómeno producto de la falta de información

Pilar Arcidiácono Investigadora del CONICET

Invento argentino. El Banco Mundial, que impulsa programas de liberalización de la economía y el comercio, con planes de ajuste y privatizaciones, está en el origen de la AUH en la Argentina, como parte de una estrategia de contención social. Para la implementación a fines de 2009 de la AUH, el Banco Mundial asistió a la Argentina con el préstamo LN 7703-AR6 por 450 millones de dólares. Luego hizo varias ampliaciones.El clientelismo en las organizaciones socialesLa figura del puntero político y el fenómeno de la intermediación atraviesan y tensan la relación entre el gobierno y los movimientos sociales, y genera un mundo de internas entre las organizaciones en el territorio. Desde Barrios de Pie, su dirigente, la docente Silvia Saravia explica: “Otras organizaciones vienen y le dicen a la gente que no estén con nosotros porque los hacemos trabajar. Eso es algo recontra común. Esa es la disputa en el territorio. Nosotros decimos: “No somos ni vagos ni planeros”.

Para Eduardo Belliboni, uno de los líderes del Polo Obrero, “los punteros existieron toda la vida en los barrios”. Y señala que se trata de una disputa territorial entre las organizaciones y el propio Gobierno.

“Otras organizaciones vienen y dicen a la gente que no estén con nosotros porque los hacemos trabajar. Eso es algo recontra común. Esa es la disputa en el territorio. Nosotros decimos: no somos ni vagos ni planeros

Silvia Saravia Docente, dirigente de Barrios de Pie

Organizaciones sociales cortan la avenida 9 de Julio para reclamar por los planes. Foto: Rafael Mario Quinteros

Las organizaciones llevan adelante lo que llaman tareas de “empadronamiento” que consiste en anotar a la gente que reclama un plan o no tiene trabajo y traslada esos datos al Estado, a través del Registro Nacional de trabajadores y trabajadoras de la Economía Popular. El Estado cruza la información y en caso de que se confirme la necesidad se da “el alta”: una tarjeta de débito y una cuenta en el Banco Nación. Las bajas las decide el Estado. Pero “el movimiento social puede sugerir: esta persona no viene más a hacer changas porque consiguió trabajo…”, aclara Belliboni.

“Los punteros existieron toda la vida en los barrios, se trata de una disputa territorial entre las organizaciones y el propio Gobierno

Eduardo Belliboni dirigente del Polo Obrero

Julia Guzmán trabaja en albañilería e integra una cooperativa del Frente de Organizaciones en Lucha (FOL) en el barrio La Esmeralda, en Florencio Varela. Los trabajos que desempeñan los militantes de esta organización -que agrupa a 12 mil desocupados en todo el país que desde 2018 reciben ayuda económica por el programa Potenciar Trabajo- van desde la recolección de residuos hasta anotar a la gente que aún no recibió su vacuna contra el Covid 19 y talleres contra la violencia de género.

Pero la principal tarea, por estos días, refleja la profundidad de la crisis: abrir los comedores de lunes a sábados. Antes solo abrían tres veces por semana. Tras la pandemia, lograron asistencia del gobierno provincial para once merenderos en Varela y Quilmes. Pero el apoyo sigue siendo pequeño: una tarjeta por 30 mil pesos para comprar pollo fresco. “Son alrededor de 8 pollos por espacio, para todo el mes”, lamenta Julia. Otra vez: no alcanza. Tienen que atender a 700 personas. El municipio de Quilmes les brinda sesenta kilos semanales de arroz para cocinar. Necesitan el doble.

“Los programas sociales son absolutamente necesarios”, afirma la Defensora del Pueblo adjunta de la Ciudad, Bárbara Bonelli. “Las personas que trabajan en los comedores, los trabajadores sociosanitarios o las promotoras de género deberían ser personas con empleo formal, asalariadas con reconocimiento de derechos laborales”, agrega. Y cierra: “El Estado tiene que reconocer esas tareas como un trabajo; no porque seamos ‘buenistas’, sino porque necesita que alguien se ocupe de esas labores”.

“El gran desafío en términos de política es transformar la ayuda en  generación de oportunidades de trabajo y de desarrollo”, apunta la ministra de Desarrollo Humano de la Ciudad, María Migliore.

Merendero de Ale, en Vicente López

Según la socióloga Arcidiácono, estos tipos de ayuda provocan malestar principalmente en la clase media y alta, empapadas por la matriz trabajista: “Personas que con mucho sacrificio y esfuerzo lograron una vivienda, educaron a sus hijos y los enviaron a la Universidad, ven con desdén y preocupación a toda esta generación que no lo logra. Ese ‘no lo logra’ está teñido de la sensación de ‘no se esfuerza lo suficiente’. 

El cura villero José María “Pepe” Di Paola, muy cercano al Papa Francisco, insiste que “los planes deben ser el paso previo a un trabajo”, pero indicó que el empleo debe ser genuino, remunerado y fruto de la capacitación.

Padre Pepe, cura villero: “Los planes deben ser el paso previo a un trabajo” Foto. Maxi Failla

Consultado sobre cuál es la expectativa de futuro en los barrios populares, se explayó: “Los temas importantes en la clase política quedan marginados. Hay que ponerse a trabajar en serio y sólidamente en la generación genuina de empleo. En lo personal, tengo esperanza y apuesto a la tarea que hacemos en cada barrio sosteniendo y fortaleciendo las capacidades de las personas”.

Cae la noche y despide a los cronistas: “Que les vaya bien y que llegue el tren a destino”.

Producción y textos: Maestría Clarín / San Andrés 

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