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Televisión argentina: objeto de culto en los ´60 a pantallas individuales del siglo XXI

La televisión argentina tuvo su primera transmisión el 17 de octubre de 1951. Foto: Carlos Brigo

La televisión argentina, cuya primera transmisión tuvo lugar el 17 de octubre de 1951, fue ocupando tímidamente un lugar en la sociedad argentina hasta instalarse con hegemonía en la década del ´60 en el centro de la escena familiar, un lugar que entró en disputa a partir del avance de los dispositivos tecnológicos y las nuevas plataformas.

Si bien el medio abandonó el rol totémico de aglutinador de la familia, en los últimos años logró multiplicar su presencia en los hogares de acuerdo a los gustos y necesidades de cada usuario, según analizaron el sociólogo Luis Alberto Quevedo, la licenciada en Comunicación Natalia Vinelli, el periodista Carlos Ulanovsky y el escritor Claudio Zeiger, en diálogo con Télam.

Esa representación de objeto de culto que tuvo la televisión en los ´60 se fue desplazando a partir de los cambios sociales y tecnológicos que pusieron en cuestión su credibilidad como productora de verdades, lo que se acentuó a fines de los ´90 con la adoración del rating por parte de las empresas, impulsadas por un fin económico.

El comienzo de la TV y sus cambios a través del tiempo

Los inicios por la pantalla de Canal 7, demuestran que televisión fue “bien recibida por el entorno familiar porque se coloca en el centro del hogar, ocupa el living y los rituales de la familia se organizan detrás de la televisión”, explica Quevedo. “Pero la aparición del VHS en los ´80, ´90 produce una transformación que permite romper el ritmo temporal de la televisión, que antes estaba marcado por una programación que se veía una sola vez, porque esa tecnología permite grabar y registrar para el futuro, lo cual rompe la temporalidad”, agrega.

“En los ´90 y 2000 se inicia la gran desarticulación del consumo televisivo con un proceso de personalización: la televisión empieza a multiplicarse, migra del living y de objeto familiar y único pasa a ser un objeto que está en distintos lugares de la casa”, señala el investigador y director de Flacso.

Esa multiplicidad de aparatos tecnológicos genera, según Quevedo, “una explosión de las imágenes que hacen de la televisión -mucho más que un aparato- un discurso que circula, que da motivos de conversaciones que se puede interpretar como un lazo social” y que el especialista define como “un objeto cultural, inestable, y con bordes y aristas no siempre claros”.

“Se produce un proceso de personalización, cada televidente arma su propio menú, aparecen los canales de la gran segmentación con el cable en la década de los ´80 y ´90, y toma un color personal porque el televidente termina haciendo de la televisión lo que él desea, mientras que cuando nace, la televisión se apropia de la mirada de los televidentes”, afirma.

“La crisis del modelo familiar tradicional”

Esta transformación de la televisión vino de la mano de “la crisis del modelo familiar tradicional, donde a una familia correspondía casi unívocamente un aparato de televisión, no sólo por razones materiales sino que era una forma de control disfrazado de armonía y comunidad”, según el escritor y editor del suplemento Radar de Página 12, Claudio Zeiger.

“Ahora hay pantallas y aparatos diseminados por toda la casa”, dice el periodista que asigna a la televisión “una enorme capacidad de adaptación para no morir y no dejar de ocupar el centro de la escena”.

“Asistimos a la era de la televisión líquida, fluida””

Claudio Zeiger

 “Ya no será el corazón del comedor o de la sala. O esas imágenes de infancia de todos amuchados en la cocina para ver la televisión. Ahora busca ocupar el centro o el nodo de la comunicación, irradiar y a la vez dejarse atravesar por el mundo de redes y por YouTube para ser parte de ese mundo”, agrega.

“Asistimos a la era de la televisión líquida, fluida. Todavía tiene capacidad de imponer agenda, aunque no lo haga todos los días y, siguiendo el signo de los tiempos, lo haga más bien por “temporadas”, afirma Zeiger.

Un orden al caos cotidiano

Con similar perspectiva, para el periodista y escritor Carlos Ulanovsky, “la televisión mantiene su espíritu de ritual familiar: probablemente lo que se perdió sea lo colectivo. Son tantas las obligaciones que el tiempo que antes le dedicamos a estar frente a la pantalla ahora se lo devoran otras pantallas y pantallitas. Pero cuando hay un partido de fútbol importante o un programa que no podemos perdernos nos gusta estar en el sillón más cómodo codo a codo. La televisión sigue manteniendo ese pacto característico de poner un orden al caos cotidiano”.

Por este motivo, sostiene que “a pesar de sus probados descensos de audiencia, la televisión abierta no va a desaparecer. La necesitamos para hacerle frente a una agenda muy diversa, o sorpresiva, o inentendible, o cruel”.

Natalia Vinelli, fundadora de Barricada TV, docente e investigadora de la UBA, sostiene que para el televidente el lenguaje audiovisual ” da sensación de transparencia -lo que estás viendo es lo que es- de ahí la frase ‘es cierto lo vi en la tele’, cuando en realidad hay un dispositivo, un encuadre, una construcción de esa realidad: en ese pasaje de la realidad concreta a la pantalla hay un montón de operaciones ideológicas”, advierte.

La investigadora aboga por “discutir colectivamente” acerca de los medios y asegura que pese a la diversidad “no necesariamente hay consumo crítico y perspectivas democratizadoras, lo cual tiene que ver con un problema estructural de concentración” unido a “la concepción de la comunicación como negocio”.

Los inicios por la pantalla de Canal 7, demuestran que la TV fue “bien recibida por el entorno familiar”, dijo Quevedo.

Para Quevedo el negocio televisivo “se profundiza a partir de los ´90 y en los 2000” por lo que evalúa que “la gran estrategia de la televisión deja de ser el negocio de la verdad y comienza a ser el negocio de las audiencias y el rating: se mantiene bastante emocional, afectiva y las grandes audiencias van a esos lugares donde están los buenos relatos, el humor, la diversión”.

En ese sentido, el investigador considera que “el mejor pacto cultural de los 90 fue el discurso del menemismo ligado a la política y a abandonar una especie de ética ciudadana de la obligación y pasar a una ética del goce, del disfrute, con lo que aparece el fenómeno de Tinelli y otros fenómenos que acompañan un clima de época donde la televisión hace un buen pacto con los televidentes”.

En opinión de Zeiger, la supremacía del discurso de los medios está muy presente en la sociedad actual. “No se discute con la televisión. Así como hay un público importante que no discute con los grandes diarios. Le creen todo, por decirlo, así, por el solo hecho de ser un diario o un noticiero de la televisión”.

En oposición a ese fenómeno, considera que “los segmentos más jóvenes huyen de los oráculos y van a buscar sus nuevos voceros u oráculos a Internet. Pero de ningún modo pienso que la televisión ya no tiene nada que hacer con eso. Despliega muchos recursos, puede hacerlo”.

A fines de los ´90, adoración del rating por parte de las empresas impulsadas por un fin económico. Foto: Carlos Brigo

En esa misma línea, Ulanovksy considera que “para aquellos que su mundo es el adentro, la televisión sigue siendo una ventana abierta al mundo. La tele -conozco gente que nunca la apaga, aunque la escuche de a ratos- le permite enterarse de lo que pasó en la otra punta de la Argentina o del mundo a los cinco minutos que los hechos sucedieron”.

“Como oráculo, lo que la tele propone es muy cuestionable. Pero sí, es una posibilidad de conexión, un modo de acercamiento a la realidad, no necesariamente a la verdad”, agrega.

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