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El invento que “se le dio vuelta” a los dentistas

Hace 153 años, el 28 de diciembre de 1869, el dentista estadounidense William Semple (oriundo de Mount Vernon, Ohio) patentaba el chicle, en busca de la forma para que sus clientes mantuvieran sus dientes limpios con el simple hecho de mascarlo.

Paradójicamente, con los años se convirtió en una golosina, con los efectos adversos al ideal pensado por Semple.

Claro que el chicle o goma de mascar es mucho más antiguo que su patente: se hallaron indicios que demuestran que los hombres de la antigüedad mascaban una especie de resina de

árbol para limpiar sus dientes, prevenir mareos o simplemente por placer.

En el norte de Europa, se hallaron trozos de alquitrán con marcas de dientes que datan de hace 9.000 años. Los mayas y los aztecas también lo usaron con frecuencia, así como los pueblos originarios de norteamérica.

Inspirado por estos últimos, los colonos de Nueva Inglaterra retomaron esta práctica y en 1848 John B. Curtis desarrolló y vendió el primer chicle comercial, con resina hecha de la savia de abetos, llamado “The State of Maine Pure Spruce Gum”, que pronto fue reemplazado por el fabricado con cera de parafina y rápidamente a su vez por el chicle saborizado ideado por el farmacéutico John Colgan en la década de 1860.

El chicle moderno se fabricaba a partir de una goma natural que se extrae del árbol Zapotillo, oriundo de centroamérica, pero en las últimas décadas esa savia natural ha sido sustituida por una base de plástico neutro, también conocido como acetato de polivinilo.

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