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No permitir que la ira te deje sin futuro

23/12/2022 18:01

Clarín.com Sociedad Actualizado al 23/12/2022 18:01

En “Ética a Nicómaco”, Aristóteles no condena la ira sino que la incluye como una opción siempre que sea guiada por la razón más que por las emociones y que no se eternice en el tiempo. Pienso a menudo en esta idea ante situaciones que me rebelan o angustian. Algunas son sociales; otras, íntimas. Pero todas corren el peligro de que esa incomodidad se apropie de nosotros y termine marcando el derrotero. Por eso me interesa la gente que ha vivido momentos paralizantes pero que logró seguir su marcha. Confieso: aprender a mirar más allá del problema es una cualidad que intento militar (no siempre con éxito).

Cuando el efecto de un dolor -los hay muy diferentes- es devastador, la idea de entregarse a veces parece redentora. Se hizo todo lo posible, ya no hay lucha que valga. En algunas circunstancias resulta entendible: no siempre existe un desenlace feliz. Pero aun así hay maneras de enfrentar la falta de futuro. Se pueden dejar legados, sabidurías. Y sabemos que en ocasiones no tan graves se cuela a menudo una solución. Ahí es donde el enojo o la ira frente al contratiempo tienden a alargar la situación en vez de encontrarle una salida.

Por tanto, si todo empieza a mejorar, hay que ver cómo no quedar enganchado. Se fue el dolor pero puede persistir el enojo, la depresión. Para romper el círculo, algunas personas se inclinan por el desafío de un giro copernicano. De alguna manera, renacer, ser otro. Se necesita una voluntad de hierro pero eso no suele faltarles: ya conocen la densidad de la vida. Esta actitud merece celebrarse pero no es la única posible. Se resurge también con actitudes pequeñitas que festejen el estar bien. Para algunos quizás sea un asado o una comida semanal con los seres queridos, para otros, escribir una memoria de lo vivido y las enseñanzas que dejó. O iniciar una tarea solidaria: me siento mejor si no soy sólo yo el que vuelve a caminar.

El objetivo oscila entre lo gigantesco y una bella sumatoria de cotidianidades. Ambos arriban a la misma meta: mostrar que uno sigue entero, que tiene resiliencia, que no se quedó atado al pasado ni a la dificultad. Que la ira, quizás diría Aristóteles, no se eternizó y nos dejó huérfanos de futuro.

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