15.7 C
Misiones
HomeSociedadLa viuda que heredó un pueblo

La viuda que heredó un pueblo

Algunas personas heredan dinero, propiedades, bienes, alhajas. Otros reciben como legado la concreción de un sueño. Vanesa Capeletti (48) ingresó sin proponérselo en esta rara categoría. Después de la sorpresiva y dolorosa muerte de su esposo recibió como mandato familiar sostener la ilusión de seguir con la refundación de Villa San Alberto, un pueblo que estaba escondido, abandonado y emergió desde la nada hace menos de una década.

Villa San Alberto encierra en su historia un recorrido de obstáculos. El primer mojón asoma hace 15 años, cuando Loris Giazzon (1971-2018), ex remisero en Laferrere, artesano y trotamundos, decidió vender todo y comprar un lote sobre el kilómetro 114 de la ruta 7, cerca de San Andrés de Giles, en tránsito hacia el corazón de la llanura. Quería empezar una vida nueva con Vanesa y sus dos hijos pequeños. Alejado del tumulto, la inseguridad y los disturbios de la metrópoli.

Pero resultó que el predio que le vendieron en una escribanía era en realidad un pueblo abandonado: 10 manzanas perfectamente demarcadas de un proyecto urbanístico que había quedado trunco ​​en 1943. Algún intendente visionario garabateó el diagrama de una localidad y mandó el proyecto al Concejo Deliberante. La idea se hundió en el olvido, como tantas iniciativas que no pasan el estatus de un documento público.

La entrada a Villa San Alberto, por la ruta 7. Foto Mauricio Nievas Pero Loris desempolvó ese papelerío amarillento y mientras apreciaba desde una construcción que fue pulpería ese terreno vacío se hizo una pregunta que sería un desafío: “¿Por qué no refundar Villa San Alberto? Ser los pioneros de una aldea de 20, 30, 50 familias, con chicos jugando en las calles de tierra, sin asfalto, bocinazos y sin el grito de las ciudades?”.

Vanesa se sumó a la ilusión. Ahora reivindica que siempre acompañó las aventuras de su compañero de ruta. Como cuando viajaban por el país con los chicos “casi bebés” vendiendo cuchillos y objetos de platería.

También se subió a la utopía de San Alberto, aun cuando –ahora reconoce- creía que no tendría destino. “En ese momento nunca pensé que se podría lograr. Pero era tanto el empeño que ponía que decidió sumarme sin reproche”, dice ahora la “heredera” del incipiente poblado.

Hasta ese momento, San Alberto figuraba en el digesto municipal como una de las ocho localidades que integran el partido de San Andrés de Giles. Pero nunca tuvo forma de poblado. Era un legítimo “pueblo fantasma”. O ilusorio. Solo había una escuela rural, la número 23, una capilla a medio terminar y un viejo almacén de ramos generales.

La capilla, que estaba a medio terminar cuando compraron el pueblo. Foto Mauricio Nievas Giazzon transformó esa decisión de vida en una obsesión. Y comenzó a convocar propietarios y a vender los primeros lotes. Algunas casas asomaron con los planes Procrear. Batalló duro contra la burocracia. Pidió apoyo político, público y privado.

Necesitaba abrir calles. Traer energía eléctrica. Consiguió que la municipalidad ahora reconociera la existencia ya real de la villa y avanzó con la denominación de las calles. “No queríamos que tuvieran nombres de próceres o de personas reconocidas. Preferimos que cada caminito que forma parte del plano tuvieran como denominación valores, deseos, principios. Las llamamos “La esperanza”, “La Tolerancia, “La soñada”. Es algo que nos hace distintos”, dice Vanesa a Clarín y contagia orgullo.

Vanesa en la pulpería del pueblo, contando su historia. Foto Mauricio Nievas Porque no resultó fácil seguir después de los primeros cimientos que enterró Loris en ese descampado llano de la pampa bonaerense. Giazzon tuvo un sorpresivo ataque cardíaco y falleció en abril de 2019.

Apenas pudo ver algunas pocas noches iluminadas en su pueblo. Unas semanas antes había conseguido que la empresa distribuidora instalara los postes y las lámparas para poner claridad en las noches de dominio exclusivo de las estrellas.

Vanesa se puso al hombro la empresa. Apuntaló a sus hijos –Camila (19) y Santino (16)- entonces una adolescente y un niño. Además de su rol inescindible de madre, siguió con el proyecto diseñado con su pareja que ya no estaba.

La vieja pulpería, un lugar destacado del pueblo. Foto Mauricio Nievas La pandemia resultó un inesperado aporte. “Antes del Covid había tres familias y con la cuarentena decidieron radicarse cuatro más. Venían en búsqueda de algo de libertad en medio de las restricciones que había en las grandes ciudades”, evalúa hoy Capeletti.

Así empezó a adoptar un formato pueblerino. Llegaron un comerciante, un analista de sistemas, una experta en marketing, una docente, un policía, un empleado público y un contador. Las calles con mejorado comenzaron a tener huellas de bicicletas y pisadas de talles pequeños.

La entrada al pueblo. Ya viven allí 20 familias. Foto Mauricio Nievas Pugnaron por la construcción de una plaza pública. Está señalada en el mapa original de 1942 aprobado por el Concejo entonces, pero todavía no atravesó el plano. “Está el mástil que pusimos con Loris, la bandera, por supuesto, y uno árboles que plantamos con los vecinos. Faltan los juegos y toda la parquización. Estamos peleando por eso”, contó Vanesa.

Ahora ya no está sola para esos trámites leguleyos. La “Asociación Vecinal V San Alberto” ya tiene número de personería jurídica y acompaña cada reclamo. “La plaza es un lugar simbólico en un pueblo y también para la recreación de niños y los adultos. Ahí es donde se generan lazos entre los habitantes. Todos tenemos recuerdos de momentos vividos en una plaza con sus amigos y familias. San Alberto también necesita tener sus propias historias personales”, pide la mujer.

La escuela del pueblo. Foto Mauricio Nievas Ahora, sentada alrededor de una añeja mesa de algarrobo de la pulpería, puede ver por el ventanal un incipiente movimiento en las calles que por momentos se vuelven polvorientas. “Siento una enorme satisfacción, indescriptible. Un gran orgullo y también alivio. Ver que después de tanto sacrificio, lucha, noches sin dormir, desidia, muchas privaciones, pudimos levantar esto y ahora ya puedo decir que refundamos San Alberto. Hace menos de 10 años era algo que parecía imposible”, dice Vanesa.

Ahí cerca, en ese espacio amplio y cálido, matizado por un hogar a leña, del almacén que ahora quieren reabrir, una vez asomó esta quimera. “De alguna manera, vamos a quedar en la historia y eso es una satisfacción. Mis hijos van a poder decir que su padre construyó de la nada un lugar digno para vivir”.

“Mis hijos van a poder decir que su padre construyó de la nada un lugar digno para vivir”, dice Vanesa. Foto Mauricio Nievas Vanesa baja la mirada y entrecorta el relato. “En todo este trayecto quedó la vida de Loris”, susurra y luego vira hacia otro tema. “Ese muchacho es Gerardo” y señala al hombre que asoma su coche para subir la autopista sobre la ruta 7. “Vino con su esposa, Diana y su hijo, alumno de la escuelita de acá. Ella es profesional y él empleado”, enumera.

Es una de las historias que se moldean en San Alberto. Todas tienen vetas parecidas. María Eugenia –especialista en marketing-, Fabián Ducca y sus dos hijos dejaron la Capital Federal para vivir rodeados de campos con ganado y cultivos, con una vista increíble en todas las direcciones y la tranquilidad de estar a 15 minutos de una ciudad pintoresca como San Andrés de Giles. “Teníamos oficina frente al Obelisco. No puede haber mayor abismo con esto”, siempre cuenta Fabián.

“Por estos relatos creo que soy parte un hermoso proyecto, que empezó como una locura de dos y ahora se extendió a muchas personas que simplemente iban en busca de lo mismo. Todo esto ya no es mío o de los chicos. Es de todos los habitantes de San Alberto”, concluye Capeletti y vuelve a echar un vistazo sobre esas 10 manzanas que eran una fábula y ahora se alejan de la ficción.

La Plata. Corresponsalía

AS

Mas noticias
NOTICIAS RELACIONADAS