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Ratas de laboratorio: a cuánto está la ciencia de dejar de experimentar con animales

Los humanos del final del Paleolítico, 12.000 años antes de Cristo, nos legaron ilustraciones en las que se aprecia la disposición de los órganos en animales diseccionados. En el siglo IV aC., Aristóteles (“padre de la biología”) consideró que la observación de la fauna era una herramienta válida para comprender la anatomía humana. Ahora, 14.000 años después, la ciencia intenta desandar ese camino: reemplazar para siempre la experimentación con animales.

Por ahora es un horizonte, pero tres científicos consultados coinciden en que la meta es clara y de a poco se arrima el bochín. Uno de ellos, Rodrigo De Vecchi, CEO de Episkin Brasil y Gerente de Investigación y Métodos Alternativos en L’Oréal Brasil, se esperanzó con que en diez años asome otra forma de experimentación científica. Una que no exponga a ningún animal.

No se trata de la sensibilidad personal hacia las ratas de laboratorio sino de un tema de bioética. Se habla de “usar” animales para experimentación, pero el verbo es un eufemismo.

Una demostración de disección de un cerdo, a manos de Galeno, médico griego del siglo II. / Junta edition of Galen’s Works. Las estrategias en vías de una mejora en esa dirección existen, aunque algunas -como se verá en esta nota- son dignas de un thriller futurista.

Desde tejidos que imitan la piel hasta verdaderos organoides y microchips con muestras de órganos humanos.

Órganos humanos digitalizados Rodrigo De Vecchi es farmacéutico formado en nano y biotecnología, especializado también en dermogenética. Sus declaraciones importan por varias razones.

La primera es que Episkin (empresa del grupo L’Oréal) acaba de lanzar un producto que llaman Córnea Humana Reconstruida, pensado para la evaluación de seguridad y eficacia in vitro de diferentes productos oculares.

La segunda es la génesis detrás de la córnea: L’Oréal es pionera en el mundo de la cosmética por haber dejado de usar animales para experimentación en 1989.

Fue cuando lograron desarrollar un tipo de piel reconstruida (cultivada in vitro), a partir de muestras celulares, como podrían ser tejidos remanentes de cirugías plásticas.

Muestras de la empresa Episkin-L’Oréal de la piel reconstruida in vitro con la que hacen investigación. Cada año producen más de 100.000 muestras de piel de medio centímetro y manejan nueve variedades de todas las edades y etnias. Con esas muestras, testean sus productos, sin involucrar ninguna especie animal.

El metabolismo en un microchip La tercera razón por la que Clarín habló con De Vecchi es que la compañía que representa está impulsando un complejo sistema in vitro que, una vez consolidado (tienen varios papers publicados, pero todo es muy reciente), podría ser trascendente para varios campos de investigación.

Desarrollaron un chip al que lograron meterle células provenientes de cuatro órganos humanos: piel, neuronas, hígado y corazón.

En palabras de De Vecchi, “el microchip simula la respuesta metabólica humana a través de técnicas de ingeniería celular y microfluídos”.

Rodrigo De Vecchi, CEO de Episkin Brasil y Gerente de Investigación y Métodos Alternativos en L’Oréal Brasil. De este modo, contó con entusiasmo, “se puede medir la dosis ideal de una molécula que uno esté desarrollando, así como evaluar su toxicidad”.

Cifras de animales expuestos en laboratorios Las cifras de animales expuestos en laboratorios del mundo puede sonar espeluznante. Si bien (por lo que se pudo averiguar) no parece haber un conteo nacional, otros países ilustran bien el tema.

Según un informe oficial de 2018 producido por la Unión Europea, Canadá utiliza cada año más de 5 millones de ejemplares de distintas especies (vertebrados e invertebrados) en experimentación científica.

La Unión Europea, unos 10 millones. Corea del Sur, más de 4 millones.

Sobre Estados Unidos, un informe de la revista Scientific Reports de enero de 2021 aseguró que las ratas puestas a disposición de la ciencia superaban, cada año, los 111 millones.

Sin embargo, la metodología de ese informe fue cuestionada y, el estudio, tildado de exagerado. Hay quienes, aplicando el sistema de cálculo de la UE, arribaron a que los animales usados en ese país (de todas las especies) no superaban los 25 millones.

Ratas de laboratorio: de la industria cosmética a la salud Si bien en el mundo de la cosmética el uso de animales va encontrando vías alternativas, es lógico intuir mayores desafíos para la industria farmacéutica.

Clarín habló de estos ribetes con dos investigadores del Conicet. Por un lado, Juliana Cassataro, a cargo del laboratorio de Inmunología, Enfermedades Infecciosas y Desarrollo de Vacunas del Instituto de Investigaciones Biotecnológicas (IIB) de la UNSAM, la usina de la que -con viento en popa- emergerá la la Arvac “Cecilia Grierson”, la primera vacuna argentina contra el Covid.

Además, Gabriel Rabinovich, director de los Laboratorios de Inmunopatología (IBYME) y de Glicómica Estructural y Funcional (FCEyN), reconocido por haber descubierto el rol central de la proteína Galectina-1 en el sistema inmune, en especial, ante patologías como cáncer o infecciones como VIH.

Cassataro aseguró que “la intención está. Cuantos menos animales se usen, mejor”, pero el problema es que, “lamentablemente, todavía no existen buenos modelos. Lo más parecido al humano -y que hasta ahora ha sido imposible de cambiar- es el ratón o la rata”.

Los problemas se dan especialmente “en áreas como inmunología que, por implicar procesos complejos, requieren estudiar in vivo muchos órganos distintos, que a su vez tienen distintas respuestas”.

Juliana Cassataro y su equipo de científicos. Foto: Andrés D’Elía Si bien afirmó que en el desarrollo de vacunas, evitar el uso de animales en fase preclínica “es muy difícil”, Cassataro aseguró que “se está invirtiendo bastante en la creación de modelos sin animales, en especial, en países desarrollados”.

Una alternativa que se viene usando, dijo, es la llamada línea celular, estrategia similar a la de la piel reconstituida comentada al comienzo de estas líneas.

“Se parte de una célula que pueda replicar in vitro, generalmente derivada de una célula humana. Se hace el cultivo y con ese tejido se mide la toxicidad de cierto fármaco, siempre in vitro, lo cual es muy útil porque, si muestra ser tóxico en esa instancia, directamente no lo probás en animales”, explicó la inmunóloga.

Órganos humanos in vitro Rabinovich también arrancó explicando que “los animales a veces son la única forma de evaluar la acción de una droga, ya que proveen el reflejo de un organismo completo”.

Sin embargo, matizó, la “tendencia mundial, por la acción de los comités de ética, es a usar la menor cantidad posible de animales”.

Una de las alternativas en los estudios preclínicos son los llamados organoides, tema con el que trabajan un par de equipos científicos argentinos, contó Clarín hace unos meses.

Se trata de un capítulo novedoso y fascinante de la ciencia actual: los científicos toman, por ejemplo, una muestra celular de la piel y -a través de una compleja técnica- “reprograman” las células a cero (como si fuera un disco rígido que se formatea), de modo de convertirlas en lo que se conoce como células madre pluripotentes reprogramadas (o células IPSC).

Luego -a través de distintas estrategias- los científicos “convencen” o más bien “redireccionan” las células reprogramadas, de modo que adopten un rol específico. Por ejemplo, convertirse en células del corazón.

Gabriel Rabinovich, junto a parte del equipo de científicos que lidera. Lograda la meta, los miocardiocitos comenzarán a agruparse, tal como su naturaleza les indica. Generarán actividad cardíaca y latirán bajo el microscopio (por fuera de cualquier envase corporal).

Con viento a favor, terminarán formando un pequeño órgano (u organoide) con la forma de un corazón, el modelo perfecto para testear drogas contra enfermedades cardiovasculares, sin haber “usado” animales o humanos, realmente.

Otras alternativas a los animales “En el caso de los estudios de cáncer, también disminuye el uso de animales usando tumores humanos que de algún modo recapitulen el microambiente en el que actuaría la droga que se quiere probar”, agregó Rabinovich.

“Se puede recrear el microambiente de médula ósea, en el caso de los tumores oncohematológicos, el microambiente de tumores sólidos o el de enfermedades inflamatorias, en el caso de las autoinmunes”, describió.

La idea “es reconstruir in vitro esas condiciones para acercarse lo más posible a la fisiología humana, que es distinta de la fisiología animal. En algunos casos tienen cosas muy similares. En otros, no”.

Para De Vecchi, tanto es así que, volviendo a los productos cosméticos, “la correlación de la piel de un conejo con la humana es del 35%, lo que hace mucho más confiable usar tejidos de piel reconstituida, cuya correlación llega al 95%”.

Rabinovich sumó una última estrategia, basada en la bioinformática: “Para evitar el uso de animales también se generan correlatos de información y, en esto, la ciencia de datos está ayudando muchísimo”.

Microchip donde investigadores de Episkin-L’Oréal insertan material biológico humano para testear la toxicidad de distintas moléculas. Puntualmente, lo que hacen es “compartir información que se construyó en otros laboratorios, y así se evitan investigaciones superpuestas”, de modo de “validar la actividad preclínica de un determinado target terapéutico”.

Primeros pasos en Argentina Una pregunta obligada es si la comunidad científica está dispuesta a dejar de usar animales en los laboratorios.

De Vecchi fue duro en su mirada: “La industria farmacéutica fue históricamente resistente”.

“Está acostumbrada a usar animales para los desarrollos de medicamentos, salvo en algunos países que empiezan a prohibir hacerlo si existe un método alternativo”, aclaró.

Parece una tarea evangelizadora. En Argentina, si bien el tema está verde, no es inexistente.

La resolución 550/2022 del Ministerio de Salud actualizó hace poco la habilitación de productos relacionados a la higiene íntima femenina.

Se especifica que “los ensayos de seguridad requeridos deberán ser realizados por metodologías internacionalmente reconocidas como válidas, recomendándose la utilización de métodos alternativos al uso de animales”.

Consultados para estas líneas, en ANMAT aseguraron que la Farmacopea Argentina (el código oficial que describe las drogas, medicamentos y productos médicos autorizados en el país) está trabajando en el tema.

Puntualmente, en la incorporación de un documento con recomendaciones sobre los métodos de experimentación alternativos a los animales. Un primer paso.

PS

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