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Contámelo otra vez: el trasplante de hijo a madre que marcó un hito en la historia de la medicina argentina

Pasó un año del primer trasplante de un donante vivo a una paciente con metástasis de un cáncer de colon realizado en el Hospital Univesitario de la Fundación Favaloro. Se trató de una práctica médica novedosa que en nuestro país no registra antecedentes y está escribiendo su incipiente historia. Una historia conmovedora, movilizante y dolorosa –también– por el largo camino recorrido por los protagonistas, aunque con final feliz.

Madre e hijo son los protagonistas de la historia. Santiago Beier (28) le donó parte de su hígado a Fabiana (55), quien desde 2015 venía luchando contra un cáncer de colon con metástasis en el hígado. Dos operaciones, radioterapia, quimioterapia, pero el tumor volvía y la última vez lo hizo en un lugar imposible para llevar a cabo una nueva intervención.

Santiago reside en Buenos Aires, donde trabaja en una empresa de cosmética y está por recibirse de licenciado en comercio internacional. Fabiana está en Coronel Suárez, y hoy –después de toda una vida de estar arremangada– es ama de casa. “Al principio me costó estar sin hacer demasiado, sobre todo después de mi historia, pero me convencí que era lo mejor para mi hija que todavía es chica”, dice.

Si bien ellos son los que se llevan los créditos de esta película que combina drama, acción y comedia, no se puede soslayar a Gabriel Gondolesi, uno de los héroes, proclive al perfil bajo. Cirujano y cabeza de un equipo multidisciplinario de la Fundación Favaloro, estuvo a cargo de la inédita intervención. “Fue un gran desafío para nosotros como médicos y lo tomamos con la seriedad y humildad que exige una cirugía de este calibre. También con honestidad, ya que les dijimos a Fabiana y a Santiago que también era nuestra primera vez”, asegura.

“Somos equipo”. Siempre hubo un vínculo muy cercano entre madre e hijo. “Mi vieja me crió sola y me dio todo rompiéndose el alma de lunes a lunes”. Gondolesi, que lleva realizados 1.200 trasplantes (de hígado, páncreas e intestino), se enfrentaba a una operación desconocida. “Y como sucede en este tipo de cirugías, no se puede garantizar resultados porque hay múltiples factores que intervienen más allá de la cirugía en sí, como ver cómo se produce la convivencia entre el sistema inmune y el órgano trasplantado, o el sistema inmune y el propio cáncer. Uno no tiene la bola de cristal”, describe el médico, que tiene como premisa “ponerse en el lugar del paciente, siempre”.

La trascendencia de esta intervención –hasta ahora única en el país– no es que se haya hecho un trasplante hepático con un donante vivo, práctica que se realiza, con adultos, desde 2001, sino que se haya hecho esta operación a una paciente con metástasis de cáncer de colon. “Lo novedoso fue el estado de la paciente, cuyo pronóstico de vida no tenía futuro… Entonces, como se trataba de una primera vez con una paciente enferma, el Comité de Ética de la Fundación Favaloro aprobó que el donante fuera una persona viva”.

De esta manera, desliza Gondolesi, alejaba la posibilidad de entrar en polémicas por utilizar órganos del pool de donantes cadavéricos en un país como la Argentina donde la donación es muy escasa. “En este caso se aplicó la novedosa técnica con un paciente cuyo donante lo trajo el propio receptor”.

Relación inquebrantable Madre e hijo están saludables, llevando una vida con total normalidad. “Yo estoy re bien, viajo una vez por mes a Buenos Aires para hacerme los controles y por suerte me están reduciendo la medicación. Tomaba 20 pastillas por día, ahora bajé a 15. ¿La quimio? Un lejano recuerdo”, dice Fabiana, que pone las alarmas de su celular para cada píldora.

Santiago, comparte: “Yo tuve una recuperación rápida, hago gimnasia, corro, como de todo y mamá mirala… tiene otra cara, otro color, es una mujer con alegría, que disfruta haciendo bromas, que desea viajar”.

El cirujano Gabriel Gondolesi, junto a su equipo de la Fundación Favaloro. “Nosotros, en primera medida, trabajamos con humildad y nos ponemos en el lugar del paciente”, remarca. Mira para atrás y no lo puede creer el joven, que termina en lo personal y profesional un gran 2022. “El año pasado fue otra cosa, lleno de incertidumbre, con la salud de mi madre a los saltos. Llegar al trasplante con este resultado, obviamente, fue la mejor decisión, pero ya lo era cuando tuvimos una charla con los médicos y estaba la posibilidad o de un tratamiento largo, carísimo e incierto, o el trasplante. Y cuando se barajó esta chance sin precedentes, me ofrecí en ese momento, no lo pensé dos veces, me salió con naturalidad”.

Repasa aquella secuencia en un consultorio de la Fundación Favaloro allá por agosto de 2021. “Estaba cebado, pero era racional a la vez y se lo dije a los médicos y a mi vieja. ‘Si se confirma el trasplante yo quiero ser el donante’. Yo quería darle a mi mamá una vida con otra calidad, había luchado un montón y era una posibilidad concreta devolverle algo de todos los sacrificios que hizo por mí. Y no sabés lo bien que uno se siente de poder haber colaborado para que ella hoy esté como está”, expresa.

“La felicidad que me da ver a mi mamá sonreírse, hacer chistes, el algo indescriptible”, dice Santiago Beier. Fabiana transmite serenidad, alivio y templanza. Mete bocadillos cada tanto, prefiere que sea su hijo quien se exprese. “Llevo un año de una vida distinta, con proyección a futuro, con proyectos, eso no tiene precio, a veces no lo puedo creer. Estuve más de seis años con la enfermedad… y una se acostumbra a estar mal. Pero ya está… Como le digo a mi marido Oscar, mi nueva fecha de cumpleaños es el 1° de diciembre, día en la que se realizo la cirugía y en el que mi vida dio un giro, no sé si impensado, pero sí muy deseado”, hace saber.

Los Beier son huesos duros de roer, pasaron las de Caín y ya nada los atemoriza. “Mi vieja es una soldado espartana, ella me crió siendo madre soltera y laburaba de lunes a lunes (en una verdulería y en una heladería) para que a mí no me faltara nada. Me tuvo siempre impecable, al día y me inculcó que estudiara, algo que ella no pudo hacer. Siempre fuimos unidos, compinches, tenemos una relación inquebrantable, somos un equipo, ¡cómo no iba a donarle mi hígado!”, define Santiago.

​El llamado bisagra

En septiembre 2015 Fabiana lucía muy delgada, casi que no comía y lo poco que ingería lo vomitaba, pero no tenía dolores. En un par de meses bajó de 62 kilos a 47, pero ella casi que no lo advertía. “Pensaba que eran nervios, estrés pero no tenía el aspecto de una persona enferma. Tampoco a mi marido le llamó la atención”.

En una consulta al médico, al clínico le llamaron la atención unos valores de laboratorio y la derivó urgente al oncólogo. Luego de estudios y placas de rigor, le diagnosticaron cáncer de colon. “Yo trabaja en una escuela como preceptor, en Buenos Aires, y unos minutos antes de mi ingreso me llamó mamá. ‘Santi, escuchame… tengo cáncer’. Fue directa, sin vueltas. Yo me caí al piso, se me aflojaron las rodillas, no sé si me desmoroné o qué, pero a los dos días renuncié y me fui a Coronel Suárez a estar con ella”, recuerda.

“Lo que hizo por mí excede cualquier el amor que un hijo puede tener hacia una madre”, expresa Fabiana Beier. Siempre luchadora, estoica y resolutiva, Fabiana se fastidió por la llegada de su hijo, pero a las horas se sentía contenida de tenerlo a su lado. Por entonces ya estaban en su vida Oscar, su marido, y Lourdes, su hija que hoy tiene 13 años. “Por suerte mi hija nunca se enteró, yo no le dí motivos, tampoco me vio en una situación complicada, a lo sumo alguna indisposición. Pero yo me armé para que ella me viera como siempre”.

Santiago refuerza su iniciativa de dejarlo todo, estudio y trabajo, para estar junto a su madre. “Sabía que no estaba sola, pero internamente yo estaba convencido de que el compañero de mamá era yo. Estuvimos muchos años solos, codo a codo. Desde que tengo uso de razón que vi su esfuerzo y yo a los 11 me empecé a ganar el mango como ayudante de albañil, para no pedirle nada”.

Fabiana mete una humorada sin previo aviso. “Los más cercanos me dicen Chucky, tengo marcas por todos lados, pero no me importa porque cada cicatriz es parte de mi historia”.

Dos cirugías grandes (de colon e hígado y luego otra hígado), radioterapia, cien quimioterapias y un trasplante, dibujan un mapa en su cuerpo. Se amigó con sus marcas, las quiere. “Le propuse a Santi, en cambio, que se hiciera una cirugía estética, él es muy joven para semejante cicatriz, pero no quiere saber nada… Dice que estar así define su personalidad”.

“Mirada agotada”. Así ve Fabiana Beier esta imagen suya de 2017. “No me veia mal, sí un poco movilizada”. Fueron años duros para Fabiana, quien introvertida fue soportando cada instancia a la que se sometía. “Me armé de coraje, enfrentaba algo distinto en mi vida… Siempre había podido sola, siempre me las rebusqué en el cada trabajo solita, venía curtida en situaciones límite… Pero esto era distinto, dependía del otro, del médico… Pero debo decir que no sufri dolores, no recuerdo”. Santiago asiente: “Mamá no lloró nunca en todo este tiempo… Bah, sólo una vez y fue en 2017 cuando se murió su papá”.

El videíto de despedida La noche del 30 de noviembre de 2021, un día antes del trasplante, Santiago y Fabiana cenaron temprano y livianito y durmieron “muy tranquilamente, contra todos los pronósticos”. A las 5 de la mañana del 1° de diciembre se bajaron de un taxi y llegaron a la Fundación Favaloro. Habían pasado meses de estar a las corridas por estudios y análisis que dieron luz verde al hijo como donante compatible.

Ninguno de los dos tenía en claro que estaban por ser parte de un hecho histórico en la historia de la medicina argentina. El doctor Gondolesi les había adelantado algo pero sin profundizar demasiado para evitar desenfocarlos. “Estabamos con la cabeza en otro lado, no pensamos en las repercusión que tendríamos, eso sucedió cuando ya tuvimos el alta, y no podíamos creer que hayamos sido los protagonistas de tamaña cirugía”, arquea las cejas Santiago.

Así como su hijo, Fabiana estaba decidida a realizar el trasplante a pesar de que le repiqueteaba la palabra de su médico de Coronel Suárez. “Fabiana, yo no me sometería al trasplante”, pero la aguerrida mujer apeló esa sugerencia. “Gracias doctor, pero prefiero morir en el intento, que morirme con la duda. Ya pasé por cirugías, radioterapia, quimio… ¿Esto es vida? No, me arriesgo”, recuerda.

Días después de la intervención, Santiago Beier empezó a moverse por los pasillos de la Fundación Favaloro. Para Gondolesi, la sugerencia de ese médico “se debe al temor a lo desconocido y el temor a un trasplante de riesgo”. Y agrega: “Pero lo más importante de esta técnica es que pueda beneficiar a otros pacientes. Igual ojo, no es una técnica masiva, sino que estamos hablando de una terapéutica que se indica de forma selecta y a un número limitado. Sin embargo, este desarrollo debe ser considerado como una indicación válida para que los médicos de la Argentina empiecen a tenerla en cuenta evaluando potenciales pacientes”.

“Era mi primera vez en un quirófano –apunta Santiago–, claro que había riesgos para los dos pero nos serenaba saber que era la mejor elección, la que nos daba una chance de futuro”. A las 6 los separaron, cada uno rumbeó para un quirófano y no hubo tiempo de saludo ni despedida. “Con la ayuda de un médico, le hice a mamá un videíto que se lo mostró antes de la operación. La mía duró como doce horas y la de mamá unas quince. A mí me sacaron algo así como 960 gramos de hígado, me dijeron que me dejaron lo mínimo indispensable”.

Dibuja una mueca sonriente Fabiana. “Tengo imágenes borrosas de aquella mañana… Sí que estabamos movilizados pero con el control de la situación, no era algo más, pero no había miedo… Llegamos abrazados y después fuimos haciendo lo que nos decían… Pero después se precipitó todo y no lo pude saludar, pero me acuerdo del médico que me dio su teléfono donde estaba el mensaje de mi hijo”.

“‘Tranqui má, ésta la volvemos a ganar. Te amo’. Y ahí me quedé dormida y cuando me desperté después de la intervención me dijeron: ‘No te preocupes, tu hijo está bien’. Y me desperté feliz, porque lo que hizo Santi supera el amor de cualquier hijo hacia su madre”.

MG

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